En política, no todo empieza con un mitin. Las reglas electorales 2027 también empiezan a hacer campaña desde el Congreso, entre reformas, reservas y palabras técnicas que después terminan definiendo la competencia.
A veces empieza con una reforma.
Con una reserva.
Con una palabra técnica que casi nadie entiende, pero que después muchos terminan padeciendo.
Eso pasó esta semana en Guanajuato.
Mientras el Congreso volvía a llenarse de acusaciones, señalamientos y pleitos entre PAN y Morena, también se discutió algo más importante que las rivalidades políticas: las reglas del 2027.
Y ese es el punto que no debería perderse.
Porque una elección no solo se gana en la calle, en las bardas, en las redes, en los espectaculares, en las portadas de revistas o en los mitines.
También se empieza a jugar antes, cuando los partidos deciden qué se puede hacer, qué se puede decir, cuánto dinero se puede usar, quién puede aparecer en la boleta y qué conductas se van a sancionar.
Por eso las reformas electorales nunca son un asunto menor.
Aunque suenen aburridas.
Aunque parezcan cosa de abogados.
Aunque se escondan detrás de palabras técnicas.
Esta vez se discutieron temas que sí importan.
Uno de ellos fue el de los llamados “equivalentes funcionales”, esa figura que permite revisar mensajes que no dicen literalmente “vota por mí”, pero que en los hechos buscan promover a alguien antes de tiempo.
Morena propuso eliminarla, con el argumento de que puede abrir la puerta a denuncias excesivas contra cualquier expresión política.
El PAN defendió mantenerla, bajo la idea de que sirve para sancionar campañas adelantadas disfrazadas de entrevistas, informes, recorridos, videos o mensajes aparentemente inocentes.
Dicho más claro: se discutió qué tanto puede moverse un político antes de que formalmente empiece la campaña.
Y en Guanajuato esa discusión no es menor.
Porque el proceso electoral de 2027 todavía no inicia formalmente, pero ya aparece en la conducta, en el ritmo acelerado y en los movimientos adelantados de muchos.
Ya hay quienes caminan como candidatos, hablan como candidatos, se promueven como candidatos y calculan como candidatos, aunque todavía digan que no están en campaña.
Por eso esta regla pesa.
Puede servir para poner orden, sí.
Pero también puede usarse como arma para perseguir adversarios.
Ahí está el riesgo: que una regla pensada para cuidar la equidad termine convertida en otro instrumento de guerra política.
También se discutieron las candidaturas simultáneas.
El nombre suena técnico, pero la idea es sencilla: que una persona pueda buscar una presidencia municipal y, al mismo tiempo, estar registrada para una regiduría.
Es decir, competir por la alcaldía y, si no gana, tener otra vía para entrar al Ayuntamiento.
Morena quiso eliminar esa posibilidad.
La mayoría no acompañó la propuesta.
Aquí la pregunta es muy simple: si alguien pidió el voto para gobernar un municipio y perdió, ¿debe llegar de todas formas al Cabildo por otra puerta?
Habrá quien diga que sí, porque eso fortalece la representación política.
Habrá quien diga que no, porque parece una segunda oportunidad reservada para quienes ya estaban dentro del acuerdo partidista.
Pero más allá de la explicación jurídica, el mensaje político es claro: las reglas también sirven para cuidar espacios.
Para asegurar posiciones.
Para no quedar fuera del tablero.
Para convertir una derrota en una silla.
Porque eso es lo que muchas veces está detrás de las discusiones electorales: quién se sienta, quién se queda parado y quién logra entrar aunque la ciudadanía no le haya dado directamente la llave principal.
Luego vino el tema del dinero.
Morena propuso reducir de manera progresiva el financiamiento público a los partidos.
La propuesta fue rechazada.
El argumento de un lado fue la austeridad.
El del otro, la equidad y el riesgo de abrir la puerta al dinero privado o a intereses indebidos.
Los dos argumentos pueden discutirse.
No todo financiamiento público es malo.
Sin recursos públicos, la política puede quedar secuestrada por quienes tienen más dinero.
Pero tampoco puede ignorarse el cansancio ciudadano frente a partidos que reciben millones y entregan poco.
El 2027 todavía no llega, pero ya se metió al Congreso.
Ya se metió a León.
Ya se metió a la relación entre PAN y Movimiento Ciudadano.
Ya se metió a la estrategia de Morena.
Ya se metió al presupuesto.
Ya se metió a las reformas.
Ya se metió a las reglas.
Y cuando una elección se adelanta tanto, el gobierno se achica.
Todo se lee en clave electoral.
Todo se contamina.
Todo se calcula.
Todo se usa.
Por eso la ciudadanía debería mirar con más cuidado.
No solo al que grita más fuerte.
También al que escribe la regla.
Al que la defiende.
Al que la cambia.
Al que bloquea una propuesta.
Al que se beneficia de que todo quede igual.
Porque ahí, muchas veces, está la verdadera política.
Los partidos pueden seguir peleando por el 2027.
Están en su lógica.
Están en su cálculo.
Están en su lucha.
Pero la ciudadanía tendría que hacerles una pregunta más simple y más dura:
¿Están mejorando la democracia o solo están acomodando su próxima elección?
Porque una cosa es competir.
Y otra muy distinta es escribir las reglas pensando en quién quiere quedarse con la silla.
La Silla Vacía.









