En política hay cosas que no se dicen con discursos. La morenización del PAN empieza a notarse en gestos, lonas, gritos y frases que bajan de la tribuna para parecer plática de pasillo de mercado.
Eso volvió a pasar en el Congreso de Guanajuato.
Otra vez.
Y esta vez lo más llamativo no fue Morena.
A Morena ya se le conoce ese estilo: la consigna, el golpe, la pancarta, la acusación rápida y sin pruebas, el pleito pensado para redes y titulares.
Eso ha sido parte de su forma de hacer política en los últimos años.
Lo nuevo fue el PAN.
El PAN, ese partido que durante años presumió doctrina, tradición, formación de cuadros, debate parlamentario y defensa de las instituciones, decidió entrar al terreno que tanto le criticó a Morena.
El terreno de lo fácil y lo simple.
Este jueves, panistas y morenistas volvieron a cruzar señalamientos en el Congreso.
Hubo mantas, acusaciones por presuntos vínculos con el crimen organizado, titulares de prensa llevados a tribuna y respuestas personales entre legisladores.
Según lo publicado, el coordinador panista Jorge Espadas exhibió notas periodísticas y una lona relacionada con el diputado morenista Carlos Abraham Ramos.
Morena respondió con señalamientos propios y con la ya conocida lona de “panistas vendepatrias”.
Todo en la máxima tribuna del estado.
Puede sonar duro, pero el PAN se está morenizando.
Y eso, para el PAN, debería preocupar más que cualquier acusación de Morena.
Porque una cosa es responder políticamente.
Otra muy distinta es perder la forma, bajar el nivel y terminar convertido en una copia de aquello que se decía combatir.
El PAN no nació para eso.
Al menos no ese PAN que durante años se presentó como el partido de la seriedad, del orden, de la vida institucional y de la responsabilidad pública.
Pero hoy, por momentos, parece perdido.
No encuentra su tono.
No encuentra su centro.
No encuentra su identidad.
Y cuando un partido deja de tener identidad, empieza a tomar prestadas las formas del adversario.
Ese es el riesgo.
Porque si la nueva oferta del PAN es gritar más fuerte que Morena, llevar lonas más grandes que Morena y convertir la tribuna en una guerra de acusaciones, entonces queda una pregunta simple:
¿Para eso quería diferenciarse?
¿Para parecerse?
Lo curioso es que Morena, que muchas veces ha hecho de la confrontación su principal herramienta política, ahora encontró espacio para pedir pruebas, exigir investigación y decir que el debate se está viniendo abajo.
En la misma sesión, legisladores morenistas reclamaron que las notas periodísticas no sustituyen a una Fiscalía ni a un Poder Judicial.
También señalaron que el Congreso está quedando por debajo de lo que espera la ciudadanía.
Morena no queda absuelta por decir eso.
Morena también ha usado la descalificación.
También ha jugado con la consigna.
También ha llevado el debate público al terreno del golpe fácil.
Pero cuando hasta Morena puede ponerse, aunque sea por un momento, el saco de la mesura, algo anda mal en el PAN.
Porque el PAN no solo está peleando contra Morena.
Está peleando contra su propia historia.
Un partido puede perder una votación.
Puede perder una ciudad.
Puede perder una elección.
Pero cuando empieza a perder su modo de ser, pierde algo más profundo.
Y sin diferencia, la política se vuelve una copia mal hecha.
Eso es lo que empieza a verse.
Un PAN nervioso.
Un PAN reactivo.
Un PAN que responde desde el enojo.
Un PAN que parece más preocupado por ganar el momento que por construir una propuesta.
Un PAN que, frente a Morena, no está marcando distancia, sino acercándose peligrosamente a sus modos.
Y eso le conviene a Morena.
Porque Morena no necesita ganar todos los debates.
Le basta con que el PAN deje de parecer una alternativa distinta.
Ahí está la trampa.
Y el PAN está cayendo.
Lo vimos la semana pasada y pudo parecer un arranque de calentura política: un mal día, una sesión descompuesta, un pleito más.
Pero esta semana volvió a pasar.
Y cuando algo se repite, deja de ser accidente.
Empieza a ser estilo.
El PAN debe decidir si esta será su nueva forma de hacer política.
Si su camino rumbo al 2027 será convertirse en una versión azul de Morena.
Y en política pocas cosas envejecen tan mal como un partido que se vuelve igual a lo que prometió combatir.
Morena ya entendió el juego.
El PAN todavía parece atrapado en el enojo.
La Silla Vacía









