En Guanajuato capital hay cosas que se sienten en el ambiente, aunque no siempre se digan de frente. Una de ellas es el cansancio. El cansancio de ver los mismos nombres, de escuchar casi las mismas voces y de tener la impresión de que, al final, el poder sigue girando dentro del mismo círculo.
Eso es lo que poco a poco se ha empezado a notar. No como un escándalo, pero sí como una molestia que cada vez pesa más. Como esa incomodidad que aparece cuando una parte de la ciudadanía empieza a preguntarse si de verdad las cosas están cambiando o si, en realidad, solo se están reacomodando entre los de siempre.
Porque de eso se trata, en el fondo. La actual presidenta municipal no apareció de la nada. Su llegada también se explica por su trayectoria política en el DIF Guanajuato, y eso, guste o no, ha llevado a muchas personas a hacerse una pregunta simple, pero inevitable: ¿Guanajuato capital está viviendo un relevo real o solo está viendo cómo se prolonga el control de un mismo grupo?
Y no hay que darle muchas vueltas para entender por qué este tema pesa. Cuando una ciudad empieza a sentir que las decisiones, los espacios y el rumbo público se concentran en unos cuantos, algo se va desgastando. Se desgasta la confianza, se desgasta la discusión pública y se desgasta también la idea de que cualquiera puede competir de verdad.
Guanajuato capital no tendría por qué acostumbrarse a eso. No por su historia, no por su peso político y tampoco por lo que representa para el estado. Es una ciudad que necesita más apertura, más debate y menos política entre los mismos de siempre.
Por eso, la elección de 2027 no pinta como una más.
En ese escenario vuelve a sonar un nombre que todos conocen: Juan Carlos Romero Hicks.
Y no porque sea nuevo, sino precisamente porque su trayectoria es pública. Fue rector de la Universidad de Guanajuato, gobernador del estado, legislador federal y hoy legislador local. Tiene experiencia, tiene oficio y conoce bien el terreno que pisa. Es de los políticos que hacen campaña caminando, de los que gastan suela.
Eso puede gustar o no, pero es un hecho. Y en un momento en el que mucha gente empieza a ver con recelo la continuidad de un mismo grupo en la capital, su nombre empieza a verse como una opción válida. No porque venga a resolverlo todo, ni porque haya que convertirlo en salvador de nada, sino porque representa una alternativa que no nace del mismo círculo que hoy concentra el poder municipal.
Y eso, en el momento que vive la capital, pesa.
Lo que de verdad está en juego en Guanajuato capital no es solamente un cambio de nombre en la presidencia municipal. Lo que está en juego es si la ciudad va a seguir atrapada en una dinámica cada vez más cerrada, o si va a volver a abrir la competencia, la discusión pública y la posibilidad de un relevo verdadero.
Porque cuando en una ciudad con tanta historia empieza a sentirse que todo se decide entre pocos, lo que se achica no es solo la política: también se va reduciendo la confianza de la gente.
Todavía falta tiempo. Falta ver cómo se acomodan las piezas, quiénes terminan compitiendo y qué decisiones se toman en los próximos meses. Pero algo ya se empieza a notar: en Guanajuato capital hay otro ánimo. Se siente en conversaciones, en comentarios y en ese malestar que poco a poco deja de ser privado para convertirse en tema público.
Y cuando ese ánimo empieza a crecer, casi siempre es porque la ciudad ya está pidiendo otra cosa.
Ibargüengoitia, que entendió como pocos el temperamento de esta tierra, escribió alguna vez que en Guanajuato las cosas parecen no cambiar nunca. La ironía, claro, es que a veces cambian de golpe.
La Silla Vacía









