En Irapuato, ciudad asentada en el corazón del Bajío, la conversación política siempre está activa. Su posición geográfica, su peso económico y su conectividad la han convertido, desde hace décadas, en un punto donde la vida pública permanece en discusión.
En medio de ese ruido, hay un nombre que provoca reacciones inmediatas: Valeria Alfaro García.
No se trata de un perfil que haya aparecido de la nada, ni de una figura desconocida o improvisada. Hoy preside el Sistema DIF Irapuato y ha mantenido una presencia pública ligada a temas sociales, con programas enfocados en niñez, salud mental, inclusión y acompañamiento comunitario.
Sin embargo, cada vez que su nombre entra a la conversación pública, la discusión deja de centrarse en su función y pasa casi de inmediato a su parentesco.
Ahí aparece la palabra que hoy funciona como sentencia anticipada: nepotismo.
Conviene detenerse ahí. No se trata de absolver a nadie por adelantado, pero tampoco de condenar por reflejo.
Porque en este caso hay que separar lo político, lo jurídico y lo cultural. En lo político, por supuesto, ser hermana de la actual presidenta municipal la coloca bajo una lupa más intensa y bajo un mayor escrutinio público. En lo jurídico, además, el debate no ha sido solo retórico, sino acompañado de señalamientos concretos: el partido Morena denunció públicamente a Valeria Alfaro García por presunta promoción personalizada con recursos públicos y posible violación al artículo 134 constitucional. Esa acusación existe y debe tomarse en serio. Pero también debe decirse con claridad que esa discusión no es idéntica, en términos técnicos, al debate sobre nepotismo electoral.
El tema es legítimo y forma parte de una preocupación democrática real, pero no puede usarse como etiqueta automática sin revisar circunstancias concretas, trayectorias propias, responsabilidades efectivas y pruebas de una ventaja indebida.
Y luego está la otra capa, la más incómoda y quizá la más profunda:
¿Le estaríamos diciendo exactamente lo mismo a un hombre?
Porque a muchas mujeres en política todavía se les regatea la biografía propia. Si avanzan, se supone que alguien las empujó. Si ocupan espacio público, se dice que les fue concedido. Si tienen un apellido conocido, entonces se les reduce al vínculo familiar y no al trayecto construido.
Eso no significa que toda crítica a una mujer sea misoginia. Pero sí obliga a preguntarse si, en ciertos casos, el escrutinio deja de centrarse en hechos concretos y empieza a descansar también en un sesgo: la sospecha de que una mujer no puede llegar por sí misma.
Ahí está la reflexión.
Cuando una mujer ha construido presencia pública, ha encabezado una institución y ha mantenido un papel visible en la vida social de una ciudad, la discusión no puede agotarse en el parentesco. Puede examinarse, claro. Debe examinarse, incluso. Pero no puede convertirse en la única llave de interpretación, porque entonces el riesgo ya no es solamente castigar una posible ventaja familiar; el riesgo es limitar, desde el inicio, el derecho político de una mujer a competir, a ser valorada por su trabajo y a sostener una aspiración propia.
En marzo, cuando todavía resuenan las discusiones públicas que deja el Día Internacional de la Mujer, el caso merece verse con más seriedad y menos consigna.
Si hay uso indebido de recursos públicos, que se investigue.
Si hay promoción ilegal, que se sancione.
Si existe una candidatura impulsada artificialmente desde el poder, que se pruebe.
Pero, si lo único que se pone sobre la mesa es que una mujer debe quedar descartada solamente por ser hermana de otra mujer que hoy gobierna, entonces ya no estamos necesariamente frente a una crítica democrática. Tal vez estamos también frente a una vieja manera de cerrarle el paso a una mujer bajo un argumento que, aunque legalmente atractivo, puede terminar operando como límite anticipado a sus derechos políticos.
Por eso la pregunta vale la pena:
¿Estamos frente a un caso de nepotismo o frente a una lectura que no termina de aceptar que dos mujeres de una misma familia puedan abrirse camino en la política, cada una desde su propio espacio?
Ni absolución automática por ser mujer.
Ni condena automática por ser hermana.
Porque, cuando una sociedad solo sabe explicarse el ascenso político de una mujer a partir de su parentesco, y no también de su trabajo, de su capacidad o de su trayectoria, entonces el problema ya no es solo electoral.
También es cultural.
Y en ese terreno, el patriarcado suele hablar con lenguaje de legalidad.
La Silla Vacía





